December 18, 2010

En unos 30 billones de años, según los cosmólogos de hoy, el universo llegará a su fin.

Eso es un tiempo muy, pero muy largo. Mucho mas tiempo que el que durará nuestro sol ardiendo.  Para ese tiempo nuestros átomos serán parte de otros cuerpos celestiales. Eso nos hace custodias temporales de las partículas que nos forman.

¿Tenemos alguna responsabilidad para cuidar de estas partículas que nos construyen?

Esa es la pregunta.

Porque si les debemos cierto cuidado, cierta nutrición, algo así como los talentos de la Biblia; si debemos proveerlas de algo para que su próximo ciclo en el vals del universo sea mas efectivo, considero que esa nutrición sería el conocimiento y la alegría. Creo fielmente que esto les daría mas energía y así mas posibilidades de poder unirse a otras partículas y formar algo.

Lo que sea.

Nosotros, solo nosotros, somos la respuesta.

Pues somos los que seguimos buscando, los que seguimos investigando, experimentando, cambiando. Los que encontraremos respuestas. Respuestas que nutrirán nuestro átomos.
Para lo que sea.

Los demás son la tara que nos detiene, que nos da lentitud para llegar. Nos hacen la búsqueda mas ardua. Mas difícil.

En mi casa tengo todavía la copia de un LP que mi padre escuchaba. Eran los poemas de José Ángel Buesa declamados por Enrique Lizalde, aquel actor de telenovelas famosas como Renso el Gitano y Juan del Diablo.

Organizando mis cosas le he visto y he recordado.  Por tal razón he escogido una de ellas. Tal vez una no muy conocida: Canción de la búsqueda. Aunque trata de una mujer, yo le entiendo de otra manera. Entiendo que trata de mi búsqueda y el objeto de ella: Mi respuesta. El universo.

Todavía te busco, mujer que busco en vano,
mujer que tantas veces cruzaste mi sendero,
sin alcanzarte nunca cuando extendí la mano
y sin que me escucharas cuando dije: «te quiero...»

Y, sin embargo, espero. Y el tiempo pasa y pasa.
Y ya llega el otoño, y espero todavía:
De lo que fue una hoguera sólo queda una brasa,
pero sigo soñando que he de encontrarte un día.

Y quizás, en la sombra de mi esperanza ciega,
si al fin te encuentro un día, me sentiré cobarde,
al comprender, de pronto, que lo que nunca llega
nos entristece menos que lo que llega tarde.

Y sentiré en el fondo de mis manos vacías,
más allá de la bruma de mis ojos huraños,
la ansiedad de las horas convirtiéndose en días
y el horror de los días convirtiéndose en años...

Pues quizás esté mustia tu frente soñadora,
ya sin calor la llama, ya sin fulgor la estrella...
Y al no decir: «¡Es ella!» —como diría ahora—
seguiré mi camino, murmurando: «Era ella...»
La que buscaba.

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